No hay diferencia entre ir a jugar a China que a Malta

Actualmente los jugadores se están marchando a China y la gente se lo toma mal. El fútbol es un negocio para los jugadores y una pasión para los aficionados.

Cada vez son más los jugadores que se van a China y tenemos que acostumbrarnos. Para muchos aficionados al fútbol estas decisiones son una traición al Deporte Rey. No entienden que los jugadores no se queden defendiendo los colores de su club. La lealtad como bandera es la mayor de las cegueras cuando hablamos de fútbol. Nadie es indispensable en un club de fútbol, ni un jugador, ni un presidente, ni un aficionado.

Cuando dejé el Espanyol para irme al Southampton sin haber debutado en el primer equipo, muchos me criticaron por no quedarme. No entendían que decidiese irme a Inglaterra. Era el primer joven español que daba ese paso a la liga inglesa. No iba influenciado por nadie, simplemente era curiosidad. Ni siquiera tuvieron que convencerme para tomar la decisión, me pareció atractivo ser el primero en ir a aprender inglés mientras jugaba a fútbol cobrando.

Los jugadores que se van de la liga española a China están pasando por lo mismo que yo: el miedo a lo desconocido por parte de los aficionados. Casi se preocupan más que los propios futbolistas. Los cuales van a vivir en una burbuja de oro. Ni van a aprender el idioma ni se van a integrar. La gente que tiene dinero es muy perezosa para integrarse en países diferentes al propio. Estos jugadores van a contar dinero -algo muy lícito-, y quizás sientan cariño por los aficionados e intenten olvidar que el principal motivo es ganar dinero. Hablamos de mucho dinero.

Cuando me fui a Inglaterra la gente decía que estaba contando billetes, pero eso era mentira, lo único que contaba eran los días que faltaban para pasar unos días en Barcelona. Recuerdo que una de las primeras veces que fui a Barcelona me pasé a ver a mis ex compañeros del Espanyol B. Habían pasado poco más de tres meses desde que dejé de ser jugador y era como si nada hubiera cambiado. Todo seguía igual excepto yo. Seis años de mi vida habían pasado a un recuerdo para nostálgicos. Los aficionados me saludaban como quien recibe al hijo pródigo. Me sentía abrumado. En ese momento me di cuenta del cariño que me tenía la gente del Espanyol.

Me había sentido querido desde el primer día, pero cuando te vas de un lugar es cuando puedes apreciar el verdadero cariño. Enseguida supe que conseguir ese nivel de afecto en Southampton iba a ser una tarea titánica, porque los pericos me querían como a un hijo, ya que ingresé en el club con 13 años. Pero incluso en las mejores familias, los hijos se van algún día.

Cuando dejé la familia del Espanyol fue cuando me convertí en un profesional del fútbol y entendía que era una profesión, un negocio. Sin embargo, cuando al acabar contrato con el Alavés fiché por el Dundee FC, nadie me acusó de pesetero porque era un equipo menor. Al igual que nadie dice nada cuando un jugador se va a Chipre, Malta o Grecia. El fin es ganar más dinero, pero a diferente nivel. He llegado a la conclusión de que a la gente lo que le molesta es que un jugador haga lo que hacemos todos en nuestra vida laboral: mejorar económicamente.

Mi libro es fruto del aprendizaje de millones anécdotas durante mis años como futbolista profesional.