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No hay diferencia entre ir a jugar a China que a Malta

febrero 28, 2018

En la actualidad ya son muchos los jugadores que se están marchando a países que consideramos exóticos. El fútbol no deja de ser es un negocio para los jugadores y una pasión para los aficionados.

Cada vez son más los jugadores que se van a China a cambio de sueldos estratosféricos. Tenemos que acostumbrarnos. Para muchos aficionados al fútbol estas decisiones son una traición a la esencia del fútbol.


Cuesta entender que prefieran seguir sus carreras en ligas menores que pagan sueldos mayores.


La lealtad como bandera es la mayor de las cegueras cuando hablamos de fútbol. Nadie es indispensable en un club de fútbol, ni un jugador, ni un presidente, ni un aficionado.

Cuando dejé el Espanyol para irme al Southampton sin haber debutado en el primer equipo, muchos me criticaron por no quedarme.

No entendían la decisión de seguir mi carrera en Inglaterra. Era el primer joven español que daba ese paso a la liga inglesa. No iba influenciado por nadie, simplemente era curiosidad. Ni siquiera tuvieron que convencerme para tomar la decisión, me pareció atractivo ser el primero en ir a aprender inglés mientras jugaba a fútbol cobrando.

A día de hoy, jugar en China es menos desconocido que para mí cuando fiché por el Southampton. Van concienciados para pasarlo mal. Y China, al margen de la dificultad del idioma, es menos duro que India. Está claro que en ambos casos la decisión es más económica que deportiva.

Trato es el futbolista que se integra en un país “exótico”. Para integrarse es necesaria mucha voluntad o necesidad. Con dinero fresco en el bolsillo es más difícil esforzarse. Nadie hace esfuerzos con la barriga llena.

Cuando fui a Inglaterra la gente decía que estaba contando billetes, pero eso era mentira, lo único que contaba eran los días que faltaban para pasar unos días en Barcelona.

Recuerdo que una de las primeras veces que fui a Barcelona me pasé a ver a mis ex compañeros del Espanyol B. Habían pasado poco más de tres meses desde que dejé de ser jugador y era como si nada hubiera cambiado. Todo seguía igual excepto yo.

Seis años de mi vida habían pasado a un recuerdo para nostálgicos. Los aficionados me saludaban como quien recibe al hijo pródigo. Me sentía abrumado. En ese momento me di cuenta del cariño que me tenía la gente del Espanyol.

Me había sentido querido desde el primer día, pero cuando te vas de un lugar es cuando puedes apreciar el la magnitud del cariño. Enseguida supe que conseguir ese nivel de afecto en Southampton iba a ser una tarea titánica, porque los pericos me querían como a un hijo, ya que ingresé en el club con 13 años. Pero incluso en las mejores familias, los hijos se van algún día.

El futbolista debe entender que el fútbol es su negocio

Cuando dejé la familia del Espanyol fue cuando me convertí en un profesional del fútbol y entendí que ser futbolista es una profesión, un negocio, mi negocio. Sin embargo, cuando al acabar contrato con el Alavés fiché por el Dundee FC, nadie me acusó de pesetero porque era un equipo menor. Al igual que nadie dice nada cuando un jugador se va a Chipre, Malta o Grecia. El fin es ganar más dinero, pero a diferente nivel. He llegado a la conclusión de que a la gente lo que le molesta es que un jugador haga lo que hacemos todos en nuestra vida laboral: mejorar económicamente.

Cuando jugaba, el día a día parecía no tener sentido. Unaa vez retirado, me doy cuenta que estaba madurando.