“…jamás volveré a pasar hambre”

Cuando imaginamos la vida del futbolista creemos que todos es lujo y diversión. Puede ser, pero no es la norma. A varios niveles entre los profesionales, y no todos tienen los bolsillos llenos de billetes enrollados con goma de pollo como Jesús Gil, ni gastan 200 euros por botella en la sala vip de la discoteca de moda.

Luego están los que tienen un sueldo ajustado y se conforman con no lesionarse para poder seguir luchando por unas condiciones mejores a nivel profesional. En Segunda B y en las categorías que la preceden, los sueldos están más cerca de la media nacional que de la media de los jugadores de Primera División. Lo único en lo que se asemejan es en la profesión.

Durante mi etapa en el Alavés B me encontraba en un punto delicado de mi carrera. Estaba ante una de mis últimas oportunidades por reengancharme al fútbol de élite. Venía de tres años de naufragio tras mi salida del Espanyol, mi olvido en el Southampton y mi accidente en el Hércules. De la mano de Dimitri Peterman el primer equipo iba como un cohete hacia la Primera División; yo estaba en el segundo equipo en Segunda B.

Queda bien el uniforme de futbolista, pero cuando te lo quitas vuelves a la realidad. Clic para tuitear

Pasada la primera parte de la temporada dejamos de cobrar -así permanecimos durante tres o cuatro meses-. Era una situación que había vivido en el Hércules, pero el dinero no era mi gran preocupación. Sin embargo, solo un año antes, estaba en Southampton disfrutando de mis cenas terapéuticas. Estas consistían en cocinar un entrecot al roquefort con patatas fritas, salmón al horno, T-bone steaks. Cocinar era el mejor momento del día, después de entrenar.

En Vitoria también utilizaba la cocina como salvavidas, pero en este caso -cuando nos dejaron de pagar- no cocinaba entrecots al roquefort ni salmón, sino platos más modestos. Mientras cobraba me daba mis lujos culinarios de manera modesta para premiarme. Pero cuando llegaron las vacas flacas tuve que bajar la calidad del producto porque no podía permitirme gastar un euro de más sin saber cuando iba a ingresar la nómina. Aprendí a cerrar el puño y multiplicar los panes y los peces (es fácil: dividir los alimentos).

Me gustaba cocinar porque no tenía que esperar mucho para ver el resultado final de mi trabajo. Clic para tuitear

En su día no me pareció tan llamativo, pero echando la vista atrás y me asusta recordar que compraba carcasas de pollo para hacer sopas de arroz con verduras. No podía comprar carne todas las veces que quería, y las carcasas solo valían 75 céntimos o menos. Si llego a ver en internet que el césped alimenta, hubiera cogido el de los parques para hacer ensaladas -no creo que haya mucha diferencia con la rúcula-.

Cocinar con carcasas de pollo y productos baratos me ayudó a desarrollar la creatividad en la cocina. No hay mal que por bien no venga. Nunca volveré a pasar hambre, como dijo Scarlett O´hara en “Lo que el viento se llevó”: 

A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!