Lesión de ligamentos cruzados (o el día que me quede sordo)

La primera semana de marzo de 2003 sufrí una lesión de ligamentos cruzados que me mantuvo en el dique seco alrededor de 7 meses. Solo tenía 20 años… y mucha ilusión por demostrar el fútbol que aún me quedaba por sacar a la luz.

Verano 2002, Southampton

Me encontraba en la pretemporada de mi segundo año de contrato con el Southampton FC. El año anterior lo más cerca que estuve de debutar fue el día que hicimos la foto oficial. El resto del año fue una sucesión de partidos con el Reserve Team y algunas lesiones menores que hacían que mis días tuvieran ciertas alteraciones. Llegué a lesionarme por mi afición a los entrenamientos extras voluntario. Era como en las películas esas en las que el protagonista se ejercita hasta la extenuación con el único objetivo de sacar toda la rabia. Yo hacía lo mismo, pero para mejorar tanto que fuera imposible no hacerme jugar. No me funcionó a nivel de equipo, pero a nivel personal fue un antidepresivo eficaz.

Primera lesión tocahuevos

A pesar de sufrir algunas lesiones, puedo decir que no eran importantes, pero eran tocahuevos porque cuando estaba en un buen momento frenaban mi progresión. Recuerdo perfectamente como en un partido con el equipo reserva sufrí mi primera pequeña gran lesión. Ese día me estaba saliendo un partido espectacular, cada acción que realizaba era brillante en la ejecución y bonita en la estética; hacía movimientos de extremo puro. No recuerdo haber jugado con tantas ganas en mi vida. Llevaba semanas entrenando como un animal pero sin  jugar más de 20 minutos. Pasaba más tiempo calentando que jugando, y lo peor era que no entendía qué criterio se aplicaba para ser titular o no. Eso me desconcertaba. Ese día salí como un toro que lleva una semana encerrado en una cuadra. Si me hubieran hecho control antidoping me habrían suspendido por exceso de adrenalina. Toda esa energía se apagó tras una entrada en un balón divido que acabó conmigo en el suelo gritando: “¡cambio, cambio! 10 días de baja.

Por aquel entonces me pareció grave, pero es que nunca había tenido una lesión de ligamentos cruzados. Clic para tuitear

Segunda lesión tocahuevos

Está ocurrió en una sesión de entreno doble. Justo después de comer volvíamos a entrenar. No eran entrenos aburridos ni mucho menos; hacíamos partidos de 5×5, chutes y regates. Fue regateando cuando noté cómo el abductor se me soltaba. Llevaba toda la sesión haciendo el regate de cola de vaca a todo defensa que me tocaba encarar en el uno contra uno. Estaba feliz porque con ese tipo de ejercicios no podía pasar desapercibido a los ojos del entrenador Gordon Strachan. Me estaba “meando” a sus adorados defensas. No podían esconderse. Cuando me lesioné en medio de un regate en carrera, nadie más que el masajista se preocupó por mí al verme abandonar el terreno de juego cabizbajo. Esa lesión me devolvió a la sombra. 15 días de baja.

Aun así, nada comparado con una lesión de ligamentos cruzados. Clic para tuitear

Tercera lesión tocahuevos

Está lesión fue la peor por cómo llegó. Todo el mundo había acabado de entrenar, pero decidí coger un saco balones, una barrera de plástico y unos conos, y me dediqué a practicar tiros libres. Mi nivel de acierto me estaba sorprendiendo incluso a mí. Nunca en mi vida había tenido tanta facilidad para colocar la pelota en la escuadra con esa puntería -y eso para mí era muy difícil porque yo era un jugador de velocidad, no de precisión-. Debían ser cerca de las tres de la tarde cuando comenzaba a llover; llevaba más de 50 lanzamientos a puerta y otros tantos esprints cortos cuando noté que el abductor dijo basta. Inmediatamente supe que debí haber parado 20 minutos antes. Los últimos 10 lanzamientos fueron como las últimas dos copas de más: siempre sobran.

Reportar esta lesión fue embarazoso porque me la había hecho entrenando fuera de horas, y sabía que me iban a mirar como a un irresponsable. Pero tal como me encontraba, entrenar de más era la única solución para no sentirme inútil. Lo volvería a hacer una y mil veces para salvar mi salud mental.

En cambio sí que se preocuparon por mi lesión de ligamentos cruzados.

La lesión de ligamentos cruzados: el día que me quedé sordo

jacinto elá

Volviendo al verano de 2002. Al ver que no contaba para el entrenador decidí irme cedido a cualquier lugar con tal de tener la oportunidad de jugar. El destino fue el Hércules de Alicante, donde fui cobrando mucho menos. Mi único objetivo era jugar y demostrar que estaba vivo.

Lo cierto es que me costó coger la forma física porque estaba habituado a otro ritmo de entrenamientos y ritmo de vida. No me convertí en titular indiscutible, pero jugaba con regularidad. Siempre acababa los partidos con la sensación de no haber dado el máximo de mis posibilidades, y eso me frustraba. Necesitaba entrenar más para quitarme esa culpa. Iba a la playa a correr y al gimnasio a hacer pesas. Pero no era suficiente. Chutaba peor, centraba peor y regateaba peor que en Southampton un año antes. No tenía explicación para lo que me estaba ocurriendo.

En el mes de marzo de 2003 me encontré de titular en un encuentro contra el máximo rival: el Elche. Era un partido amistoso entre semana, pero la rivalidad seguía allí. No por mi parte, para mí era un partido más, pero una final porque suponía una prueba de fuego a mi estado futbolístico. Llevaba unas semana sintiendo la dopamina en mi cerebro, la adrenalina había vuelto a mí, era Hulk.

Pasada la media hora de la primera parte, recibí un balón perdido en medio campo, y cuando fui a controlar para darme la vuelta e iniciar una contra, me quedé sordo: [ ¡no puede ser, me he roto, pero no puede ser!].

Durante unos instantes sentí que me asfixiaba, no me llegaba el oxígeno al cerebro, no veía con claridad, flotaba en medio de gelatina como un bebé en el útero. Todo estaba oscuro, -excepto el brillo de los focos del campo que se veían como si  estuviese sumergido en el fondo de una piscina con una bola de hierro atada al tobillo- pero sabía que había gente porque notaba el movimiento a mi alrededor. Lo único que tenía claro es que estaba en el suelo y todos estaban por encima de mí. Me habían derribado. Creo que me hablaban, pero me dolía tanto que no podía oírles: estaba sordo. Quería llorar para consolarme, pero cada vez que intentaba llorar sentía más dolor; un dolor mudo y grave, como si me hubiesen pegado con un violonchelo en el pecho. No sé si salí en camilla o en brazos, lo único que recuerdo es que no salí por mi propio pie.

Cuando los compañeros entraron al vestuario en el descanso, traté de poner cara de tranquilidad para que no creyeran que era grave -era la calma después de la tormenta-, pero sus caras me daban a entender que mis ligamentos cruzados estaban rotos. Me quise convencer de que exageraban.

Al inicio de la segunda parte me llevaron al banquillo ya cambiado, duchado y vendado. Quise aparentar normalidad, pero un tipo desde la grada del campo del Elche empezó a decirme que me jodiera y a hacerme cortes de mangas, se alegraba por mi lesión. No lo dudé: le regalé una peineta. Si hoy tuviera a ese tipo delante le daría una bofetada para que entienda que reírse de las desgracias ajenas no está bien. Creo que es a una de las pocas personas que no he perdonado en la vida, ni tengo ganas de perdonar.

No recuerdo si ganamos. Lo cierto es que se dejó de hacer ese partido gracias a mí.

 

Enlaces de referencia:

L’Hèrcules fitxa un nou davanter, mentre que Competició retira la roja a España

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