“La próxima sonríe, idiota”

“La próxima sonríe, idiota”

Mientras escribo esta última serie de posts, me da la sensación de que mi carrera profesional se definió en mi primer año como jugador del Southampton cuando solo tenía ¡19 años!

Cada línea es una terapia que me permite volver al pasado sin ninguna presión ni responsabilidad. Vuelvo con la ventaja del narrador omnisciente, pero también como explorador. Entendiendo qué repercusión tuvieron mis acciones con el paso del tiempo.

Southampton, temporada 2001/02

Un miércoles después de entrenar, el entrenador del reserve team equipo se acercó a mí para decirme que al día siguiente estuviera en el estadio por la mañana con el traje.

En principio puede no parecer gran cosa, pero sí lo era: era día de partido. No recuerdo contra quién, solo que era contra un equipo que vestía de azul (mi memoria ha eliminado esos pequeños detalles).

Se acercaba el mejor día de mi vida: el debut en la Premier League.

Enseguida llamé a casa para anunciar que estaba convocado. Se había hecho de esperar mi primera convocatoria con el primer equipo, veía mi trabajo recompensado.

Era el mes de octubre y llevaba esperando ese momento desde agosto.

La primera decepción que sufrí en Southampton fue no poder participar en el partido inaugural del estadio contra mi querido Real Club Deportivo Espanyol.

Esa día me alimenté mejor que nunca; estiré mejor que nunca; recogí la casa mejor que nunca. Pero los nervios no me permitieron dormir como siempre.

El partido contra los de azul era a eso de las 20h (8 P.M.). A veces se realizaba una suave sesión de entreno en el estadio el mismo día. Estaba emocionado pero no se trataba de entrenar revolucionado.

Disfruté de cada toque de balón, de cada estiramiento, de cada broma (a pesar de no entender nada. Lo más difícil de un idioma es entender las bromas, y en un equipo de fútbol la comunicación es, la mayor parte del tiempo, mediante bromas). Metí unos cuantos golazos que esperaba repetir unas horas después en el partido liguero.

Malas noticias

Al finalizar la sesión, el asistente del entrenador del primer equipo me dijo que por la tarde -o sea, a las 14:30h ¡en un par de horas!- fuese a entrenar con el equipo reserva.

En ese instante se convirtió en la persona que más odiaba en el mundo, por delante de Austin Powers. Pero que no me fuera todavía porque tenían que hacernos las fotos oficiales.

Estaba tan cabreado que el trámite de la foto se me hizo eterno. Era peor que esperar en la sala de espera para que el dentista te quite una muela.

Todos los jugadores hacían bromas, el equipo se estaba rehaciendo de un mal inicio de liga, y eso se notaba en el ambiente.

Sin embargo, para mí no había comenzado la liga. Solo había jugado con el equipo reserva algunos partidos que me parecieron un enorme paso atrás en mi carrera.

Solo de pensar que después de la sesión fotográfica tenía que conducir hasta los campos de entrenamiento de Staple woods, me ponía enfermo.

Era mi turno.

El fotógrafo era un tipo muy simpático que nos hacía bromas para que saliéramos sonrientes y felices.

Cuando me situé en el lugar no hice ningún esfuerzo por sonreír. Si lo hubiera hecho no hubiera vuelto a confiar nunca más en mí mismo. Estaba demasiado decepcionado para mostrar mi eterna sonrisa.

Hizo una foto, estaba endemoniado. Me volvió a pedir posar. No miré ni al objetivo -como si a él tuviera culpa-. Me hizo una broma para arrancarme una sonrisa, pero lo único que consiguió fue que mirase a otro lado.

Estaba a punto de llorar.

“El siguiente”. No insistió. De todos los que había allí yo era el más insignificante, ¿por qué molestarse?

Ese día entrené con el equipo reserva con más ganas que nunca. Tenía que desatascar toda esa rabia que había acumulado en tan pocas horas.

Por la tarde fui al estadio a ver el partido contra los de azul. No lo disfruté, me pasé el partido haciéndome preguntas tipo “¿Qué tengo que hacer para jugar?”.

Ese día creí que estaba en lo más hondo del pozo. Años después me di cuenta que estaba rozando la parte más alta del pozo, casi estaba asomando la cabeza.

Unos días después encontré en mi sitio (vestuario) un sobre con 300 fotos de mi cara mirando a cualquier sitio. Esa era la foto oficial, la que iba a entregar a mis fans y amigos. Estaba más calmado y me dije: “la próxima sonríe, idiota”.

Años más tarde un amigo me dijo que mi error fue mostrar mi enfado. “Quien se enfada pierde”.

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