Viernes: Baño y masaje

Hace unos días fui a que me hicieran un masaje porque tenía las cervicales muy cargadas. Llevaba más de 7 años sin tumbarme en una camilla. Puede parecer una tontería, pero no lo es tanto si te digo que durante unos 10 años me han hecho un masaje semanal como mínimo. Fue al dejar el fútbol con 26 años cuando prescindí de los masajes; ya no iba castigar a mi cuerpo.

Pero contra todo pronóstico, esta vez no tuve más remedio porque estuve 18 de 36 horas sentado en el escritorio trabajando en mi siguiente libro (Diario de un futbolista pobre). Cuando comencé mi andadura como escritor no imaginé que habría días tan duros a nivel físico. Me había centrado en no adoptar malas posturas que me dejaran encorvado (ser escritor no tiene porque ir acompañado de un físico endeble).

Al cerrar el ordenador después de un día y medio con toda la casa para mí, fue cuando me acordé de los viernes cuando era futbolista. Eso sí que eran “¡por fin es viernes!”. Era el día del baño  en el jacuzzi y masaje después de entrenar. El trabajo duro ya estaba hecho, solo quedaba relajarse y reactivar los músculos el sábado por la mañana con una sesión de velocidad y juegos propios de patio de colegio. Eso sí, el domingo había que dejarse todo. El lunes ya se encargaban de dejarnos como nuevos. Con apenas 16 años eso era parte de mi vida. Un autentico lujo.

 

Ahora lo recuerdo así, pero cuando era juvenil no me parecía tan necesario hacerme tantos masajes. Recuerdo que, si no teníamos molestias, nos hacíamos un masaje rápido para irnos a casa. Cómo si tuviésemos algo más importante que hacer a la una del mediodía. Había gente que se metía en el jacuzzi y a los cinco minutos salía: ya había fichado. Cuando eres joven te sientes invencible, aguantas lo que te echen, incluso crees que no necesitas estirar para empezar a pegarle fuerte al balón. Luego el tiempo te demuestra lo contrario.

jacinto elá eyene

Casi 20 años después me doy cuenta de la importancia que tienen los masajes para el bolsillo. He pasado de que me paguen por recibirlos a pagar por 45 minutos. Lo malo de pagar no es el precio, sino encontrarte a un masajista que te haga masajes con tanta suavidad que no consigue relajar ni un diez por ciento de la musculatura. Puede que para una persona que no ha exprimido nunca su cuerpo, eso sea suficiente, pero para un deportista con cierta exigencia regular, necesita que le den duro.

Ahora los viernes no tengo masaje, pero tampoco me meto una paliza física el domingo. A diferencia de antes: los lunes estoy como nuevo.