Un mono de neopreno para un futbolista lesionado que no sabía nadar

Cuando dejé de estar a las órdenes del equipo del Doctor Cugat, me sometí a los métodos de los médicos del Southampton. Por aquel entonces tenía 20 años y llevaba 9 meses de baja por lesión de rodilla.

9 meses sin jugar un partido (ni amistoso). Mi carrera se limitaba a entrenar, ejercicios en casa, ponerme hielo y baños de agua caliente.

Todo lo que me pedían los médicos lo hacía sin rechistar dando lo máximo. Llevaba a mi rodilla al límite de la angustia; solo porque los médicos me decían que no había riesgo.

Dicen que tenemos que aprender a desaprender. Pues una rodilla rota es un buen comienzo. Si nunca te ha pasado te lo explico:

No te acuerdas no cómo se camina. No ves posible que un día vuelvas a correr. El dolor es constante, la precaución infinita.

Cada vez me encontraba mejor, pero no era raro sufrir alguna pequeña lesión muscular producto de la descompensación que provocaba tener una rodilla desaprendida.

Cuando empecé a notar que los compañeros eran menos intensos conmigo comencé a pegar entradas duras para que me las devolvieran. Necesitaba saber si podía competir al mismo nivel que ellos. Mi “táctica” funcionó con algunos, pero otros se dedicaban a poner malas caras cuando no estaba acertado en alguna jugada. Lo hacían de tal manera que me sentía peor de lo que estaba en realidad. Tenía dos opciones: derrumbarme o seguir luchando. No siempre me sentía con fuerza para luchar.

Empecé a mandar a tomar por culo al francés Fabrice Fernández cada vez que hacía un mal gesto tras un error mío. Me había cansado de sentir cada entreno como una prueba a vida o muerte. Estaba cansado de sentirme como el último en ser elegido en el patio del colegio.

Lo que no tenían en cuenta mis compañeros es que cada mañana al levantarme no podía ni doblar la rodilla. No sabían lo difícil que era subir escaleras. Me dolía tanto que tenía que posponer la compra semanal para un día con la rodilla menos inflamada.

Estaba tan desesperado que, para evitar llegar frío al entrenamiento, decidí comprar un mono de neopreno para surfistas en una tienda de deportes de aventura a la que solo entré una vez en los dos años que estuve allí.

Corté la parte de superior del mono por encima de la cintura y aproveché la inferior como unas mallas. Lo más lógico -pensarán algunos- habría sido comprarme unas mallas, pero no, necesitaba algo más grueso. Un tejido que mantuviese el calor durante horas. Para conseguirlo iba al entrenamiento antes que el resto y trotaba para coger calor y así empezar la sesión con la rodilla caliente. No me podía permitir malgastar la primera hora de entreno calentando la rodilla mientras mis compañeros se ponían como motos en apenas 20 minutos.

El problema de llevar el mono de surf recortado de manera chapucera, era que el grosor me impedía moverme con soltura. Pero no estaba para elegir; cualquier cosa era mejor que soportar la impotencia que me provocaba el dolor. Era como tener un alambre incrustado en la rodilla. Por suerte el neopreno se adhería a mi piel compactando todos mis músculos. Me sentía más seguro.

Al cabo de unas semanas dejé de usar el mono. Me suponía un esfuerzo enorme a la hora de moverme en el terreno de juego. Me agotaba. Pero el principal motivo por el cual dejé de utilizarlo fue porque me daba vergüenza ir de surfista sin tan siquiera saber nadar. Solo era un joven futbolista desesperado.

Soy autor de Fútbol B. No es una autobiografía. Si alguna vez has pensado en leer algún libro de fútbol, piensa en el mío. 👇🏾👇🏾👇🏾👇🏾👇🏾👇🏾