Primer capítulo de mi último libro

No huyas de las personas que te mantienen con los pies en el suelo

Todavía me hace gracia cuando me dicen que he tenido suerte por dedicarme al fútbol durante casi 15 años. ¿Cuántos futbolistas quebrados por dentro son necesarios para que vean que no es oro todo lo que reluce?  Solo hay que ver como se celebran la mayoría de los goles. Es una mezcla de rabia y alivio temporal, cuando supuestamente debería ser fruto de alegría. El aficionado sigue creyendo que los futbolistas experimentamos los goles y las victorias igual que ellos. No es lo mismo ser espectador que ser actor. El segundo carga con todo el peso de que la función sea un éxito, aunque el espetado en el fútbol es una parte activa, a diferencia de espectáculos como el cine, en el que solo tiene que pagar. Pero no les culpo por idealizar nuestra profesión, de hecho, creo que es culpa nuestra. Desde la industria se trata de ensalzar nuestra figura a niveles de estrella del rock. No creo que vivir como una estrella de rock sea algo positivo cuando tienes más de 25 años. Normalmente son personas que viven atormentadas en la fama y en la falta de privacidad. El simple hecho de ir a comprar al supermercado es una odisea. Para evitar ser reconocidos tienen que ponerse un chándal de felpa gris con capucha, pero consiguen el efecto contrario porque, pocas cosas llaman más la atención que una persona en un supermercado con gafas de sol y capucha deslizándose por los pasillos de cereales mirando al suelo. Alguien debería decir a las estrellas de rock que para pasar desapercibido basta con actuar como el resto de la gente. Pero es evidente que el ego no les permite esforzarse por ser anónimos, sería contraproducente para sus carreras ya que viven de la atención. Si sacaran una canción cada semana -al igual que los futbolistas juegan un partido semanal- les resultaría más fácil estar en boga de todos, pero los cantantes pasan mucho tiempo en la cueva preparando nuevos discos. Eso sí, cuando el disco sale, escuchamos sus canciones en todas las emisoras y los vemos en todos los programas. Es lo que llaman promoción. 

Me han dicho millones de veces que tengo suerte de trabajar en lo que me apasiona; creo que más acertado sería decir que trabajaba en algo que me apasionaba hasta que se convirtió en mi trabajo; o, mejor dicho: hasta que tuve que presentar resultados. Esa es la diferencia entre una afición y una profesión. Muchos se sorprenderían si supieran que a muchos futbolistas les aburre sentarse una tarde a ver partidos de fútbol. Sin embargo, no tienen problema en jugar horas a la PlayStation o de ver seis capítulos de una serie sin tan siquiera levantarse para ir al lavabo. Vi todas las temporadas de The Wire y Perdidos en un par de semanas. Estaba tan desganado por los impagos de mi club que entrenaba pensando con la mente puesta en el siguiente capítulo de la serie de turno. Para engancharme a The Wire tuve que realizar varios intentos. Los capítulos me parecían tan pesados como un entrenamiento sin balón. Pero la riqueza de los personajes me hacía entrever que había algo más en ese lodazal. Cada vez que cogía cariño a un personaje se lo cargaban o me decepcionaba. Sin darme cuenta, esa serie me mantuvo vivo en una de las tantas etapas oscuras de mi carrera. El simple hecho de saber que lo que mostraba la serie no estaba tan alejado de la realidad, me hacía sentir un privilegiado. 

Mi estilo nunca ha sido ir de víctima, pero he vivido situaciones que no ayudaban a rendir en el terreno de juego. Y para muestra, este libro en el que os voy a contar con pelos y señales el calvario que viví cuando estuve jugando en la liga rumana. 

Antes de sumergirme en esta etapa de mi carrera quiero dejar claro que no me arrepiento de haber sido futbolista profesional de bajo rango. Inmediatamente quiero recalcar que, si alguna vez tengo un hijo, no seré yo quien le motive a ser futbolista. He visto a muchos caer. Muchos que se han matado a trabajar y al final no han llegado ni a la suela de los zapatos otros que han derramado menos sangre. He aprendido que para triunfar hay que sudar sangre, pero no desangrarse, y que darse cuenta no es nada fácil. Pero lo que tengo claro es que nadie llega arriba sin dejarse media vida. Aunque eso lo descubrirán cuando se retiren y vean lo lejos que han estado de la realidad. Una de las razones por las que tengo cierto rencor al fútbol es por haberme tenido demasiado ocupado como para formar una familia. La inestabilidad fue tan constante que no encontré el momento de poner la primera piedra. Mi última novia -antes de dejar el fútbol- fue madre al año de dejarlo conmigo. Por una parte, me alegré porque me habría sentido culpable de privarle de cumplir uno de sus deseos vitales. Pero ella dejó de verme como el futuro padre de sus hijos mucho antes, y la entiendo, nadie querría formar pareja con un hombre incapaz de coger a su jefe por el cuello y reclamarle los tres meses de sueldo que le adeuda. 

Todavía me parece mentira que en quince años (cuatro novias formales) no fuese capaz de encontrar una pareja capaz de adaptarse a mi vida de futbolista. Y no las culpo. Mis sueldos no justificaban la intensa movilidad geográfica a la que estuve sometido año tras año. Podía empezar la temporada en el sur y acabarla en el norte de España. Durante una serie de años salía a dos ciudades por temporada. Lo más gracioso era que las ofertas económicas no variaban excesivamente entre ellas. Iba a jugar a donde me quisieran fichar. Era como esas personas que se apuntan a cualquier oferta laboral convencidos de que la frase “afán de superación” puede ser clave para conseguir el puesto ofertado. Donde no me querían no me quedaba porque me invitaban a irme.

Recuerdo que Carmen me dijo semanas antes de dejarme: “no huyas de las personas que te mantienen con los pies en el suelo”. En su momento me sentí ofendido porque entendí que me estaba llamando flipado. Con el tiempo he entendido que me estaba advirtiendo de lo importante que son esas personas para una mejor transición al mundo fuera del fútbol. 

Cuando vi que no tenía que ir a entrenar cada día, mi visión de la vida empezó a variar. Era como haber estado dentro de un escenario improvisando, pero con las limitaciones que me suponía mi dedicación al fútbol. Desde el primer día como exjugador sentí la imperiosa necesidad de ser padre. Me angustiaba no tener una candidata. Me llegué a obsesionar con el tema. Incluso me empapé de información acerca de los vientres de alquiler en Estados Unidos, pero las trabas económicas y la burocracia cayeron sobre mí como un jarro de agua fría. Me alegré de ser hombre por disponer de más tiempo estéril para procrear. Pero no dejaba de preocuparme la posibilidad de no encontrar a la futura madre de mis hijos. Me imaginaba con 50 años tratando de conquistar a una mujer fértil, o lo que es lo mismo, una joven que al acercarme a ella no me tratara como un viejo verde.  La historia sería diferente si fuese millonario. Un cincuentón con dinero deja de ser un viejo verde para convertirse en un atractivo hombre maduro. 

Se supone que a estas alturas de mi vida debería tener la vida solucionada, pero lo único que tengo es la cadera destrozada para siempre y un montón de anécdotas que contar a todo aquel que quiera escuchar. 

Me presento por si todavía no me conoces: soy Ulises Cruz Campos, y fui un Futbolistapobre. 

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