¿Por qué les gusta jugar pachangas?

Cuando me retiré con 26 años. Lo hice sabiendo que no quería volver a jugar a fútbol.

Antes del partido estaba muy saltarín

Pero nunca entendí cómo la gente podía asistir a los partidos de jugadores retirados. La única explicación que encuentro son los precios reducidos.

No es lo mismo ver a un jugador de fútbol viejo que a un actor viejo. El jugador de fútbol pierde, sin embargo el actor gana con la madurez.
El fútbol sin velocidad ni explosividad no tiene ninguna gracia, y eso de que el toque nunca se pierde es un consuelo que nos damos todos los futbolistas.

Después de unos meses después de retirarme me surgió la posibilidad de jugar en un equipo de Segunda regional. El Levante Las Planas.

Fue una gran experiencia porque jugaba con mi hermano y no lo hacíamos por dinero. Pasé 2 años en los que me sentí importante influyendo positivamente sobre mis compañeros.

En el Levante Las Planas tuve claro desde el inicio que no iba a pasearme, iba a luchar por lo mismo que mis compañeros. Pero la motivación solo me duró 2 años.

En varias ocasiones me afilié a algún equipo de veteranos pensando que la mejor manera de hacer deporte era jugando a fútbol.

Lo pasaba bien en el vestuario con los compañeros, y mejor lo pasaba después de los partidos en el bar. Pero durante los partidos me preguntaba qué hacía allí.

Actualmente no me debo a ningún equipo de veteranos. Pero hace un mes salió la posibilidad de participar en un torneo benéfico/cultural en Zaragoza.

Además de participar en el torneo tenía que dar una charla. No dudé en aceptar: me gusta hablar.

Extracto de la charla.

Fue tras el primer partido cuando recordé porque no me gusta echar pachangas. El cuerpo no te responde como piensa la cabeza en acciones sencillas, te llevas golpes que no necesitas, te enfrentas a rivales que creen que pueden ganar la Champions league… Mientras que yo solo quiero sudar un rato.

Tras el tercer partido tuve claro que ya no jugaba los dos últimos. Me podía hacer daño, no tenía nada que aportar. Estaba jugando a ser futbolista, y eso es peligroso.

Me preguntaba: ¿qué demonios estoy haciendo? No me podía ni mover. Parecía que a mis rodillas las habían martilleado sin parar.

Era como si todo lo que había hecho en el gimnasio durante los últimos meses no hubiese servido para nada.
Al día siguiente me sentía como si me hubiese pasado por encima un camión. Me dolía la cabeza más que después de una resaca. Me acordé de las palabras del médico del Hércules: “Jacinto, el deporte es malo”.

Día después, cuando me encontraba mejor, me seguía preguntando: ¿Por qué gusta jugar pachangas?

Mi hijo me ayudó a dar la charla.
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