Futbolista de centros comerciales: Ropa, Gimnasio y Música

Hay algo que me gusta tan poco como las teles encendidas para dar sonido ambiente a un espacio: son los centros comerciales para matar tiempo. Ya no los soporto. No hay nada en ellos que me haga verlos como un lugar de ocio en los cuales pasar una tarde . Y hablo con conocimiento de causa porque he pasado muchas tardes en ellos cuando fui futbolista profesional. Cuando jugaba en el Espanyol no tenía la necesidad de pasar el tiempo en centros comerciales porque Barcelona en sí ya es uno, pero era la calle, donde yo me crié. No era territorio hostil. La cosa cambio cuando me fui a jugar fuera. He vivido en 5 ciudades (Southampton, Alicante, Vitoria, Dundee, Logroño), aunque solo hablaré de mi experiencia en las tres primeras; en todas me sobró tiempo para malgastar en sus centros comerciales.

West Quay, Southampton

Ropa

En Southampton fue la primera vez que noté que me sobraba tiempo por todos lados. Con 19 años era mi primera experiencia viviendo solo, en otra ciudad, otro país. (No puedo dejar de agradecer a mi familia que me dieran la confianza para hacer algo tan atrevido). Después de entrenar me enfrentaba a un tsunami de horas libres por delante, y quedarse en casa no siempre era la mejor opción cuando estaba harto de jugar a la PlayStation.

Ante la falta de asesoramiento para adaptarme a la ciudad y conocer lugares de interés, el West Quay (se pronuncia ués qui) era un refugio medianamente seguro. Algo debía tener, porque siempre me encontraba a alguno de mis compañeros por ahí. Estoy hablando de jugadores de la Premier League que paseaban sin tener que pararse a fotografiarse con los fans. Los mismos fans que llenaban el estadio cada semana respetaban la intimidad de los futbolistas. Claro que por aquella época pocos móviles tenían cámara.

Yo solo contaba con un par de compañeros con los que poder tomar un café y con otros tantos “amigos” que una vez dejé el club, no sé ni si están vivos. Así es la vida del futbolista. La mayoría de las veces iba solo al centro comercial, pero no me sentaba a tomar algo en una cafetería porque con 19 años me daba vergüenza tomarme algo solo; en cambio, ir al cine solo, no me costaba porque en la oscuridad la soledad se disimula.

Iba de tiendas, miraba qué había por ahí, observaba a los ingleses. Estas observaciones me llevaron a la conclusión de que los hombres ingleses no se giran cuando pasa una mujer despampanante. Eso un chico de 19 años no lo entendía. Entraba a las tiendas para ver qué podía comprar con las 4500 libras que me pagaban cada mes . Pero en ningún momento dejé de ser yo mismo y mantuve los pies en el suelo; unos zapatos de 200 euros me seguían pareciendo caros, y un reloj de 90 libras me parecía más que suficiente, pero solo uno. Entre una tienda y otra ya habían pasado un par de horas y podía volver a casa con la sensación de haber hecho algo.

Cuando dejé Inglaterra por primera vez me di cuenta que allí compraba ropa porque se llevaba otra moda y me gustaba llegar a Barcelona con ropa diferente, pero a muy buen precio. Siempre había creído que comprar ropa con clase y cara no tiene mérito, pero gracias a Sergio Ramos, Dani Alves y Neymar, he visto que por mucho dinero que tengas… También pudo influir en mi búsqueda de prendas únicas, la cantidad de tiempo libre que tenía, por eso pasaba horas en un outlet llamado TK MAXX. Ahí , supuestamente, compraba la gente con menos recursos; los que iban de “guay” iban a las tiendas que te cobraban 60 euros por una camiseta más vulgar que hurgarse la nariz. Para que te hagas una idea: una camiseta llena de agujeros te podía costar 50 libras. Me gustaba el look, así que lo que yo hacía era comprar camisetas básicas y agujerearlas. Pero no era fácil encontrar ropa interesante entre esa jungla de percheros cargados de ropa sin clasificar por tallas ni marcas; una auténtica gozada para alguien con mucho tiempo libre. Tenía dinero suficiente para ir a cualquier tienda y esperar  a que el dependiente me acercase las últimas novedades para timarme como al resto de mis compañeros. Pero era más emocionante introducirme en esa jungla en busca de una prenda con la que ni siquiera había soñado. Podía encontrar prendas de Versace, Gucci o Zara. Sin dejar de tropezar continuamente con Rip Curl, Santa Cruz, Puma, etc. Normalmente había suerte, pero algunas veces salía con las manos vacías, porque en TK MAXX no hay termino medio: o muy feo o muy guapo. Aunque eso era muy subjetivo porque la gente entraba en busca de prendas parecidas a las de las tiendas de moda, en cambio yo buscaba lo que no veía por esas calles.

Jacinto Elá
Antes de irme me hice la foto con un tipo que siempre iba solo por el centro comercial en Southampton escuchando música. Nos saludábamos siempre. Decían que le llamaban loco porque siempre sonreía. Solo por eso.

Centro Comercial Gran Vía, Alicante

Gimnasio

Durante mi etapa en el Hércules de Alicante no fui un asiduo a los centros comerciales. No había nada que no hubiera visto en Barcelona. Apenas compraba ropa porque no me encontraba nada  diferente, y la que ya tenía de Inglaterra, en España, volvía a ser nueva. Hice muy poca vida social, lo cual no me motivó a hacer grandes aportaciones a mi armario. Recuerdo que lo único que compré y me ha quedado en la memoria, fueron unas zapatillas Pepe Jeans Rojas que llevaba todo el mundo. En realidad solo me gustaba la suela negra con el escrito en rojo donde se podía leer “Pepe Jeans” en cursiva. El drama vino cuando después de ponérmela dos o tres veces vi que me quedaban ligeramente grandes. En un principio ni me di cuenta. Pero era como si se fueran haciendo cada vez más laxas. Me daba rabia porque me habían costado 60 euros, y me gustaban más en la caja que puestas.

Al margen de mis pocas compras en el centro comercial, era asiduo por el gimnasio. Venía de un año de trabajo duro en Southampton donde el gimnasio tenía mucha importancia, al llegar a España noté que me faltaba ese esa carga física para alcanzar mi nivel, así que me apunté y asistí una media de dos veces por semana para hacer pesas. Iba a horas en las que las personas normales estaban trabajando para evitar aglomeraciones alrededor de las máquinas. Detesto que alguien se ponga junto a mí esperando a ocupar la máquina; pero lo que más detesto es intercambiar la máquina como si viniéramos juntos. El rollo ese de quitar y poner la toalla cada 20 segundos me desconcentraba.

Mi amigo Marc vino a visitarme a Alicante, al igual que a Southampton, y como tenía invitaciones me acompañó al gimnasio. Mientras yo trabajaba el daba vueltas entre las máquinas como un encargado del Carrefour controlando las estanterías. De tanto en tanto se subía a una bici y justificaba su presencia con vagas pedaladas que no le alcanzaban ni para sudar. Extrañado le pregunté: “¿Por qué no haces pesas?” -Y me contesto: “Si solo hago pesas un día mañana voy a andar como si fuese un robot”. He was right.

De alguna manera trabajar extra en el gimnasio me hacía sentir vivo, aunque fuese en un centro comercial a la hora de comer.

Boulevard, Vitoria Gasteiz

Música e Internet

En Vitoria encontré otro uso para los centros comerciales que no había dado en mis anteriores clubes: comer pinchos y tomar algo para pasar un rato entre compañeros. Era el año 2004, el año en el que había puesto muchas esperanzas para volver a la élite de la mano del Alavés. Coincidí con un grupo de jugadores muy humano en el que yo, con 22 años era uno de los jugadores más veteranos tras mi paso por el Southampton y el Hércules. En cuestión de meses pasé de ser un experto a ser un viejoven.

Iba principalmente con los catalanes porque éramos los de fuera y no teníamos a nadie más.  Muchos de los catalanes habían jugado juntos en otro equipo, y además eran amigos. Yo los conocía como rivales, lo que facilitó que nos llevásemos bien. Ellos me arrastraron a la sana costumbre de ir a tomar unos pinchos en alguna tasca del centro comercial. En Vitoria descubrí la cultura de los pinchos de tortilla. No sabía que existía tanta variedad de algo tan sencillo como son unos huevos batidos.

Cuando iba solo al centro Comercial era por dos razones: para conectarme a Internet y para comprar CD’s. 

Vivía en un piso de 900 euros (500 los ponía el club) pero no me molesté en poner internet, aún no sé por qué. Supongo que no terminé de hacer mío el piso. Tenía un contrato de un año con el club. Tan poco tiempo no me daba para soñar con establecerme en Gasteiz. Sobrevivía con la televisión y la música. Pero tenía la necesidad de navegar por internet para ver cómo funcionaba la ciudad de Southampton sin mí. Quería saber quién me había sustituido en un lugar que nunca ocupé. Si hacía sol los domingos como siempre. Todo seguía igual en Southampton. No hice nada remarcable para ser recordado. Ni en el centro comercial se me echaba de menos. Tuve que asumirlo.

Desde los 13 años fui asiduo a las tiendas de discos. En Barcelona no iba al centro, iba a Discos Castelló, en la calle Tallers. Ahí se podía encontrar toda la música rap  que  tanto me gustaba. Alternaba con las desaparecidas tiendas de discos de la cadena  Virgin Megastore que situadas, una  en L’Hospitalet y otra en la Gran Vía con Paseo de Gracia. A la primera iba a pasar la tarde, mientras que a la otra cuando hacía campana. En Vitoria pasaba mañanas enteras tratando de descubrir grupos y cantantes que no conocía. Para mi descubrir no equivale a novedad en las listas de ventas. Todo lo que no conozco me parece una novedad aunque tenga mil años. Una vez más el ritual de la búsqueda. Lo jodido es que no podías escuchar la música antes de llevártela, a diferencia de Discos Castelló y Virgin Megastore.

 

Hoy evito con todas mis fuerzas acabar en un centro comercial. Es entrar y fruncir el ceño a modo de defensa para evitar el aluvión de estímulos que disparan las tiendas. Me siento como un negro en medio de una manifestación de cabezas rapadas. Jacinto, no deberías estar aquí. Clic para tuitear