Con 20 años venía una señora de la limpieza (Southampton FC)

Una de mis ocupaciones para rellenar los días durante mi primer año como jugador del Southampton, era limpiar la moqueta.

Con 19 años ya estaba acostumbrado a mal limpiar en casa desde pequeño -mi madre no crió marqueses-, así que no me asustaba encargarme de las tareas de la casa. Es más, lo deseaba.

Deseaba hacer las cosas a mi manera, ya no quería ser un niño.

El asunto es que mis planes de amo de casa se desmoronaron la primera vez que quise limpiar la moqueta. Todo era moqueta menos la cocina.

Moqueta blanca. Al principio molaba, pero las manchas se difuminaban por toda la casa como el agua se tiñe de rojo cuando Tiburón devoraba a un surfista. Era doloroso mira al suelo.

Al principio te da rabia, incluso te quitas, y recomiendas, que se quiten los zapatos los invitados. Pero no importaba, al final manchabas.

Es como cuando te compras una zapatillas blancas y tratas de mantenerlas impolutas los primeros días. Al cabo de un mes parece que tienen un año.

Te acostumbras a esos tonos ennegrecidos y “marroncientos” por toda la casa. Aún así, cada sábado probaba un espray para limpiar moquetas.

Empecé comprando los más caros pero, en vista del éxito, fui bajando la calidad pero aumentando la fuerza con la que frotaba cada palmo de la moqueta (Esa no era la vida de futbolista que yo imaginaba).

En definitiva, que el apartamento quedó casi tan mal como un piso de universitarios.

En mi segunda etapa, después de mi cesión al Hércules, el club me cambió de piso. Ah, me descontaron la limpieza del anterior piso porque me dejé las ventanas abiertas, y ya se sabe que en Inglaterra nunca llueve (moooc!).

Para mi sorpresa, el nuevo piso era mejor, aunque a las afueras de la ciudad, en un barrio un poco triste. Pero frente a un río o algo así -el anterior estaba en el mismo puerto deportivo-.

En este ya se ocuparon de que sólo hubiera moqueta en el lavabo, lo cual me parecía más lógico -ahí es más complicado que hayan manchas de tomate-.

Lo más importante de mi nueva vida en el piso By the river, fue que contrataron a una mujer para hacer la limpieza semanal. Eso me supuso poder dedicarme a entrenar y recuperarme de la lesión de rodilla sin agachar el lomo los sábados.

Lo que no entendí fue es que no consultarán conmigo esa decisión. estàvem permitiendo a una persona entrar cada dia en mi casa sin pedirme aprobación. Incluso pactaron la hora a mis espaldas: los viernes por la mañana.

La primera semana me sorprendió llegar y verlo todo reluciente. Por unos instantes me asusté, pensé: “¿ladrones que dejan el piso mejor de como lo han encontrado?”.

La limpiadora silenciosa no dejaba rastro de su presencia física. Era una especie de huracán que lo dejaba todo recogido. Tenía sus propias llaves, su horario, su intimidad.

Un viernes volví a casa con la alegría de saber que solo tenía que llegar y hacerme la comida -un sándwich y una manzana, lo típico por aquellas tierras- y jugar a la PlayStation un rato (3 horas) para darme una vuelta por el centro comercial y salir por la noche al Rhino Club a bailar un poco.

Al entrar en mi apartamento, lo primero que vi fue un bolso colgado en una de las sillas del salón. Era un bolso de mujer, y yo sabía que en mi casa no había habido ninguna fiesta. No toqué el bolso, solo lo observé y traté de imaginar cómo sería esa mujer. Era un bolso de batalla, el que tienen todas las mujeres para vapulear sin piedad.

La verdad es que no conseguí extraer nada de la personalidad de esta mujer a través de su bolso. Soy un Sherlock Holmes de pacotilla. Tampoco tuve mucho tiempo porque a los pocos minutos sonó en el timbre; era ella.

No sé por qué sabía que era ella -quizás porque a mi casa no venía mucha gente-, así que cogí el bolso, me dirigí a la puerta, abrí y con una sonrisa dije: I guess this is yours, y le entregué el bolso.

Lo único que pude apreciar es que era una mujer rubia de entre treinta y cuarenta años. No pude ver más porque no levantó la vista en ningún momento y yo no busqué su rostro con mi mirada para no invadir su intimidad. Sé que sonrió como si quisiera disculpar “su descuido”, disculpa innecesaria. Antes de cerrar la puerta dije con entusiasmo: “Thank you”.

Nunca más me volví a cruzar con la limpiadora fantasma; sé que siguió viniendo porque los viernes, después de entrenar, la casa estaba reluciente.

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