El puto Iker Jiménez me dio la noche

En la temporada 2004-05 me encontraba (o me trataba de encontrar) en el Deportivo Alavés (B) después de 3 años perteneciendo al Southampton FC. 

Llegaba cobrando mucho menos dinero del que había ganado en Inglaterra, pero era normal porque allí no había jugado nada que se pueda añadir al currículum.

El club me ofreció un contrato de 30 mil euros más 500€ de ayuda para vivienda. Parece mucho dinero pero los futbolistas sabemos que no era nada del otro mundo: 1560€ mensuales (ahora lo veo y me asusto. Vaya pastizal!)

Pues a mí, con medio cuerpo metido la burbuja del fútbol todavía, no se me ocurrió otra cosa que meterme en un piso de 900€. O sea, que tenía que poner 400€ de mi bolsillo. Loser

¿Jacinto, te arrepientes de algo?

De gastar dinero innecesariamente. 

La búsqueda no fue intensiva. Al estar en pretemporada uno va con las fuerzas justas y decide dejar para más adelante los asuntos del día a día mientras trata de ganarse un puesto en el equipo.

En el piso había estado viviendo, un año antes, otro jugador del equipo. No pregunté ni quién. Di por hecho que se había vivido un futbolista es porque el piso estaba bien .

No estaba mal el piso. La decoración era un poco extraña, pero había muebles que parecían traídos de la una cabaña. Supongo que era el toque vasco.

Los Tois, amigos de Neymar

También escogí ese piso porque tenía tres habitaciones creyendo que, al vivir más cerca de Barcelona que en Inglaterra, mis amigos iban a venir a visitarme. Pero era ridículo, ellos también tenían vida propia y pocas veces se podían escapar a Vitoria. Nada que ver con los amigos de Neymar o Arda Turan.

Pues un viernes noche, como cada semana, estaba en casa escuchando la radio tumbado en la cama. No tenía Internet. Había que hacer tantas llamadas para contratar la línea que no me molesté en todo el año en hacer ni una. Parece mentira, pero pude vivir sin Internet. Tiraba de películas de videoclub a modo de supervivencia.

Siempre he sido de escuchar la radio, y esa noche estaba escuchando el programa de Iker Jiménez. Pasada la media noche en la fría Vitoria. Cuarto piso de la Avenida Gasteiz. Luces apagadas, persianas bajadas. Manta gruesa hasta el cuello y calcetines puestos. De tanto en tanto el silencio era tal que se oía pasar a la moto de turno en dirección al centro. A Iker Jiménez no se le ocurrió hablar de otra cosa que de voces y asesinos en serie. Son temas que no me apasionan, pero me gustaba escuchar la radio sin más -mientras no hablen fachas podía aguantar cualquier tema-.

Esa noche fue diferente. Empecé a sentir miedo. Iker se había metido en mis huesos como el frío en aquellos días de entrenamiento en la nieve. Un frío psicológico, porque en realidad hacía más frío cuando no nevaba, pero ver todo blanco impresiona.

Cruzar el pasillo no era una opción.

Con los ojos cerrados, las historias de Iker Jiménez se magnificaban en la oscuridad de ese piso de tres habitaciones (dos inhabitadas). Cuando de repente dudé como nunca lo había hecho: ¿He cerrado la puerta de casa?

Era tan sencillo como levantarme y comprobarlo… pero no me atrevía. No fui capaz de salir del calor de esa manta que pesaba mil kilos y cruzar el frío y oscuro pasillo para comprobarlo. Quién sabe si un asesino me estaba acechando. Quizás ya había entrado en casa. 

Lo único que se me ocurrió fue meter la cabeza bajo la manta, cerrar los ojos, acurrucarme y esperar a que, si alguien me tenía que asesinar, lo hiciese sin verle cara. Pero antes de quedarme dormido recuerdo repetir varias veces, con la voz del niño del  “Sexto sentido”: 

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Anécdotas como estas han inspirado mis dos libros disponibles en Amazon Fútbol B y Ulises: diario de un futbolista pobre

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