El Dr Cugat y la peste

En el año 2003 me encontraba en casa (Barcelona) recuperándome de una grave lesión de ligamentos que sufrí jugando en el Hércules de Alicante. Después de llorar silenciosamente durante los dos días posteriores al Desastre, me puse manos a la obra tras visitar al Dr. Cugat. Una eminencia en el campo de la medicina deportiva.

Obedecí a cada una de las recomendaciones, sugerencias y deberes que me dio: “nada de apoyar la pierna en el suelo hasta nueva orden; haz este ejercicio durante 30 minutos cada día; no te preocupes, te pondrás bien; no te quites la férula que te soporta la rodilla (me dijo después de la operación).

Cada martes iba a la consulta a pasar revisión. Manipulaba mi rodilla con la confianza de haber hecho lo mismo con miles de rodillas, pero la trataba como una pieza de museo. Yo no me quitaba la férula nada más que en su consulta, era como desnudarme ante él. 

Con las semanas, la férula cada vez hacía peor olor porque solo me la quitaba cuando iba a la consulta. Olía a amoníaco. Era un olor  insoportable, pero estaba orgulloso por cumplir a rajatabla las normas y deberes del Dr. Cugat.

Años después me enteré de que lo normal es quitársela para ducharse, pero yo quería ser tan estricto con la recuperación que no se me paso por la cabeza “hacer trampas”, así que me duchaba cubriendo mi pierna izquierda con una bolsa de plástico. Inevitablemente el agua se filtraba provocando humedad en la férula ortopédica. Las almohadillas amarillas estaban totalmente negras, aunque era peor el olor a amoniaco que el aspecto.

Si el Dr. Cugat no me dijo nada fue por no hacerme sentir incómodo ante él, ni siquiera puso caras raras para minimizar el pestazo a amoniaco que estaba esparciendo en su consulta. Desde entonces intento que las personas que me rodeen se sientan cómodas conmigo, apesten o no.

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