Diario de un balón

Como cada domingo por la mañana me encuentro en una malla junto a otros compañeros. Aunque siempre estemos relucientes, dormimos en un cuarto pequeño, oscuro y polvoriento. Desde el pasado domingo no hemos visto la luz del día; dicen que es para cuidarnos, pero tanta sobreproteccion hace de nuestras vidas un completo aburrimiento.

Me siento como un prisionero deseoso de dos horas de patio. A mí me gusta perderme entre los árboles, saltar al césped y conocer a los jugadores. Creo que si nos conociéramos mejor, algunos no me maltratarían como acostumbran durante los partidos. Alguna vez he estado con ellos entre semana y he comprobado que no acumulan tanta tensión como en el día del partido. Nos tratan mejor de lo que el público ve.

Algunos jugadores me dan miedo. Están tan asustados que me pegan tan fuerte que me sacan del estadio.

Los compañeros que trabajan entre semana me comentan que con ellos no son tan duros; les tratan con cariño, les golpean con el interior de la bota -y no con cualquier parte como me hacen los domingos-. Incluso no solo los porteros les acarician con las manos, sino todos los jugadores en algún momento, incluso les dan besos antes de chutar.

Algunos jugadores temen demostrar lo que saben hacer. No me creo que sean tan malos todos los días.

Los porteros y el balón

Los porteros suelen llegar a decir que hacemos cosas extrañas para que no nos toquen coma cuando en realidad lo que más nos gusta es que nos abracen como si fuésemos recién nacidos.

La portera

Me gusta entrar en la porteria coma pero me fastidia hacerles sentir desgraciados. Muchas veces hago lo posible por ser atacado, pero los delanteros hacen la fuerza contraria para alejarme de los suaves guantes de portero.

Hay una acción que todo el mundo considera espectacular, pero para mí es un castigo: golpear en un poste. Lo peor no es pegar en el poste, sino caer en los pies de un atacante o un defensa, porque ambos me van a golpear lo más fuerte que puedan.

Los defensas y el balón

Hay defensas que durante los partidos parecen que intentan matar palomas; tengo miedo de subir tan alto. Es como si les hubiésemos hecho algo.

Hay defensas con alma de delanteros que arriesgan poco más, que pasan más la pelota; en realidad se la pasan entre centrales para aburrir al otro equipo e incrementar minutos a la estadística de la posesión. La estafa de la época. Tanta caricia me aburre, es como si me tocaran un codo. Cero erotismo.

Los centrocampistas y el balón

Los centrocampistas suelen tener más consideración con nuestra persona. Son conscientes de que si nos tratan bien, los demás jugadores se contagian y de ese modo podremos llegar a donde más nos gusta: La portería.

A mí personalmente, me gusta cuando me acarician muchas botas. Dos toques y a correr. Ojalá todos los partidos fuesen así. Está claro que correr cansa bastante, pero siempre hay algún jugador que me recompensa con alguna pisada suave o algún control después de subir como un dron, amortiguan la caída haciendo que la bota parezca un colchón de nubes.

Los delanteros y el balón

Con los delanteros te encuentras de todo, los hay que definen suave y los que disparan misiles. Si conseguimos el objetivo del gol acepto ser usado con violencia. El problema es que muchos escogen mal; cuando hay que darle duro le dan suave y viceversa. Otros tiemblan cuando lo tienen todo de frente para alojarme en la portería. Y yo me quedo con las ganas. Debe ser como una relación sexual sin llegar al clímax.

Desde el primer minuto solo sueño con besar las redes, no me importa cuál de las dos, aunque prefiero visitar la portería del equipo visitante, he de reconocerlo. El hecho de ver como se abrazan los jugadores y aficionados cada vez que entro en la portería, vale la pena ser balón oficial del partido.

Soy autor de Fútbol B y Ulises:diario de un futbolista pobre.