Debí pegar al entrenador

Era un día cualquiera de la temporada 2002-03, Southampton. Habíamos entrenado en uno de los campos de la entrega extensiones de césped a poseía el Southampton FC a las afueras de la ciudad: el training ground. Incluso ya habíamos comido. Patata asada, pasta-chicken, tikka massala (no recuerdo ensaladas).

Cómo un día cualquiera, no tenía prisa por volver a casa. No tenía entrevistas porque nunca jugaba. Solo tenía un par de amigos, pero habíamos quedado para cenar… ¡A las 18:30h! Hacia demasiado frío para practicar centros al área; además yo mismo tenía que ir a buscar los balones, y eso equivalía a hacer el 50% de recogepelotas. Mejor ir al gimnasio -que ahora que lo pienso, tenía peor pinta que el peor gimnasio de barrio- a hacer un poco de pesas. Con un poco de suerte estaría los que me caen bien, que son casi todos, pero especialmente Dan Petrescu, Gary Monk y algún otro. Mi sorpresa fue que, cuando llevaba apenas un par de sesiones de pecho entró el míster, Gordon Strachan.

El tipo y yo nos habíamos conocido dos años antes en Coventry cuando me intentó fichar con 17 años. Le rechacé. Nos encontramos en Southampton cuando le ficharon a los tres meses de mi llegada. Me convertí en el último jugador del equipo.

Estábamos solos en el gimnasio. Me saludó, le devolví el saludo. No le odiaba, pero no era mi amigo. Seguí haciendo pesas como si no hubiese nadie, yo a lo mío: 40,45,50 kilos, descanso. Él pedaleaba a velocidad pachanguera como si estuviera en uno de los verdes parques de la ciudad un domingo soleado. No le miré a la cara, pero no sé por qué me da la sensación de que pedaleaba con una sonrisa de oreja a oreja – ¿Se estaba riendo de mí? ¿En realidad sonrisa,?-. La música de la radio nos evitaba tener que intercambiar palabras, y sobre todo, tener que pedirle que me repita las frases, ya que el escocés no me era fácil de entender. En un momento en el que la música cesó y el locutor empezó a contar chorradas, se rió y me dijo algo que supuestamente me tenía que hacer gracia. En el equipo había muchos gente que me resultaba graciosa, pero él era el que menos. Su repertorio de comentarios graciosos fue en aumento y yo, como un bien extranjero que no entiende, sonreía para no hacerle sentir mal. Estaba desconcentrado, hacía ejercicios sin seguir ningún orden no plan. Estaba condicionado por el entrenador; solo cogía máquinas que estaban de cara a la zona de bicis para que el señor entrenador pudiese seguir con el festival del humor.

No veía el momento de irme y dejarle ahí solo. Marcharme hubiera sido mi sentencia en aquel momento. Alargando mi estancia allí me estaba traicionando. Pero con 19 años lo único que me pasaba por la cabeza era pegarle. Así que realicé unos breves estiramientos y me despedí de Gordon Strachan con un apretón de manos -debía ser la cuarta vez que se la estrechaba en tres meses- y me fui rabiando a la ducha.

Después de ducharme, ya en frío, pensé: quizás debí haberle pegado por no hacerme jugar.

Esta anécdota no está en mi libro FÚTBOL B