La compasión no es un signo de debilidad
No necesitamos contexto para entender lo siguiente.
Todos los futbolistas somos rivales y compañeros. Los partidos pueden ser muy competidos y disputados, pero jamás deberían ser una guerra.
Durante noventa minutos vemos a futbolistas que se agarran, se golpean y se insultan. Después, fuera del campo, vestidos de calle, se abrazan como si fueran los mejores amigos. Y seguramente algunos lo son.
Sin embargo, hay una contradicción en todo esto que nunca he terminado de entender.
Cuando un futbolista comete una falta peligrosa, su primera reacción suele ser mirar al árbitro, levantar los brazos y protestar. Incluso cuando sabe perfectamente que se ha excedido. Mientras tanto, el rival sigue en el suelo.
Parece que nos preocupa más la tarjeta que la persona que acaba de recibir el golpe.
La deshumanización del rival
Creo que esto tiene mucho que ver con la deshumanización del rival. Y no es algo que aparezca de repente cuando llegamos al fútbol profesional.
Empieza mucho antes.
Desde pequeños, cuando alcanzamos determinados niveles, nos enseñan a ser cada vez más competitivos. Aprendemos a ganar duelos, a imponernos, a no conceder ventajas y a interpretar al contrario como alguien a quien debemos derrotar. Poco a poco, el compañerismo hacia los rivales queda relegado a un segundo plano.
No creo que nos conviertan en malas personas, pero durante la competición podemos llegar a comportarnos como si el futbolista que tenemos enfrente no fuera alguien como nosotros.
Yo mismo me he visto en esa situación. He cometido faltas, he protestado decisiones arbitrales y me he preocupado más por las consecuencias que podían tener para mí que por el daño que podía haber causado al contrario.
Por suerte, nunca tuve que lamentar haber provocado una lesión grave. Pero eso no significa que mi comportamiento fuera siempre el correcto.
Cuando los nuestros hacen lo mismo
Y hay otra cuestión que me parece todavía más preocupante.
¿Por qué aceptamos estos comportamientos cuando los protagonizan los nuestros?
Cuando un jugador de nuestro equipo hace una entrada desproporcionada, muchas veces buscamos una justificación. Que iba fuerte, que llegó tarde, que no tenía intención o que el fútbol es un deporte de contacto.
Cuando lo hace un rival, nuestra interpretación suele cambiar.
Nos indignamos, exigimos una expulsión y cuestionamos su deportividad.
La misma acción. Dos juicios diferentes. Todo depende del escudo que lleve en la camiseta.
No se trata de eliminar el contacto, la intensidad ni la competitividad. Tampoco de convertir cada falta en una cuestión moral. El fútbol es un deporte en el que se producen accidentes y en el que no todas las acciones desafortunadas son evitables.
Pero uno suele saber cuándo se ha pasado. Y no cuesta nada reconocerlo.
Si después de cometer una falta grave nuestra primera preocupación fuera saber cómo está el rival, en lugar de intentar evitar una sanción, probablemente el fútbol sería un lugar más amable.
Podemos querer ganar sin dejar de preocuparnos por quien tenemos enfrente.
La compasión no es un signo de debilidad.
Y reconocer el daño que hemos causado tampoco nos hace menos competitivos.