Agujetas de color de rosa

Después de años sin ir al gimnasio, aproveché una promoción para inscribirme en uno. La oferta estuvo durante unas semanas, pero no encontraba razones para apuntarme a uno. El último día de plazo me apunté. Aunque me veo bastante bien, y me encuentro con energía regularmente, me encadené a una nueva domiciliación. 

Me cuesta pagar por hacer deporte

Desde que dejé el fútbol me cuesta pagar por hacer deporte. Supongo que aún estoy en la burbuja del fútbol (10 años después!) y aún creo que cobrar por jugar es lo normal. El fútbol me ha vaciado, y en ligas amateurs se juega por llenar un vacío que futbolísticamente no tengo. 

No hay marcha atrás

Ya estaba apuntado, no había marcha atrás. Ahora sólo me faltaba la motivación. Lo había hecho todo al revés, tenía el qué pero no el por qué. No quiero ponerme cachas porque estéticamente no me gusta. Además, creo que los musculados nunca se ven lo suficiente bien, y acaban en una espiral de insatisfacción continua. A eso he de sumarle que siendo escritor no querría aparentar estar más preocupado de mi físico que de mi mente (cosas que no están reñidas). No quiero ser víctima de los batidos en detrimento de la buena cocina. No quiero que me miren a los bíceps cuando hablo de mi libro… Son pequeños perjuicios que me tengo que quitar.

El primer día

Primer día. 

Llegó el primer día de gimnasio y desde el primer minuto me sentí cómodo. Había hip hop más que decente sonando en toda la sala. Si me ponen buena música, para mí, cualquier lugar es el paraíso. Cada 25 minutos pasan a música electrónica, pero no rompen la atmósfera. Por suerte no suena música pop en español, no pega con el ejercicio físico. 

Salí del gimnasio como si hubiese dejado una mochila llena de piedras en el suelo. Tenía ganas de correr, y corrí. Corrí como los niños, sin motivo, con energía. Me estaba probando. Me sentía bien.

Esa noche dormí como un bebé. Y por la mañana me levanté como una roca. A media tarde fue cuando mis músculos empezaron a atrofiarse. Volví a notar agujetas en zonas que había olvidado que existían. Incluso llegué a confundirlas con posibles lesiones. Por momentos me arrepentí de haberme apuntado al gimnasio.

El día siguiente

Al día siguiente las agujetas de habían transformado en seguridad, fortaleza, alegría, bienestar. Entonces recordé el proceso que sufría todas las semanas cuando era futbolista profesional. Especialmente los miércoles y jueves. El miércoles siente tocaba trabajo físico más propio del ejército que del fútbol (el deporte y el ejército tienen mucho en común, no es ninguna novedad). 

Los jueves era sesión dura pero más futbolera. Los músculos todavía estaban bastante cargados, pero los viernes había baño y masaje; se podía exigir al cuerpo. La musculatura estaba a tono a pesar de las pequeñas agujetas que acompañan a diario a cualquier deportista profesional. 

Una vez recuperado tuve claro que necesitaba volver al gimnasio para generar endorfinas. La satisfacción de ejercitarse hace que las agujetas sean de color de rosa. 

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