Compañeros, pero no cómplices
Muy al contrario de lo que podría parecer, en el fútbol abundan más las amistades por conveniencia que las sinceras. No porque compartas un vestuario significa que haya compañerismo real. No, es justo al revés. Lo expliqué una vez, muy decepcionado, tomando un café: me di cuenta de lo poco que me conocían aquellos con los que había compartido un año entero. Nadie se había interesado por un solo gesto mío, por un cambio de ánimo o de actitud corporal.
En los equipos de fútbol se crea un vínculo peculiar: no es un grupo de personas que decide compartir el paso de los días, sino un puñado de jugadores obligados a convivir. Cuando uno se lesiona, lo que menos preocupa es cómo está por dentro. La pregunta suele ser cómo va físicamente, como si todo se resolviera con una ecografía.
El futbolista vive una soledad impuesta. Tiene la obligación de parecer fuerte, y por eso la mayoría se esfuerza en aparentarlo. ¿Cómo se supone que alguien va a hablar de sí mismo si el entorno le exige aguantar presiones que ni siquiera deberían ser suyas? El “si quieres” se convierte en condena.
El peso de la presión
Muchos futbolistas tienen problemas para dormir tras los partidos, sobre todo cuando el rendimiento no ha sido el esperado. La vida gira en torno a una carga constante de presión. Se bebe para olvidar, se finge para aguantar. El fútbol obliga a ponerlo todo en pausa: la familia, los amigos, incluso a uno mismo. No hay tiempo para nada más. Y cuando no tienes hijos, todo parece más fácil. Pero también más vacío.
La presión que siente un futbolista fuera del campo puede parecer ridícula desde fuera. No se trata de operaciones a vida o muerte, pero es una presión artificial, autoimpuesta, que se mete hasta el fondo. El cuerpo no se relaja. La mente tampoco. Se pierde la capacidad de vivir con tranquilidad. A veces, ni siquiera el dinero compensa. Porque lo que se cobra se paga por dentro.
El fútbol profesional es un mundo de apariencias. Muchos fingen, otros cambian, otros se esconden. Pero casi nadie muestra su verdadero yo. Nos enamoramos de personajes y de una cultura que, en realidad, muy pocos conocen por dentro.
Cuando ni tú te reconoces
No todo el mundo —ni toda una carrera— puede pretender gustar a todos. ¿Acaso no es eso un síntoma grave de inseguridad? En el fútbol, la seguridad no se presupone: se exige. Se entiende que el mínimo es no quejarse.
No es fácil aislarse de las críticas, porque muchas veces tu carrera depende de lo que otros opinen. Y nadie sabe exactamente quién lo dijo, pero hay entrenadores que le dan más valor a lo que murmura el entorno que a lo que demuestra el jugador.
Durante los partidos, hay momentos en que el futbolista se pregunta: “¿Qué aportan los gritos desde el banquillo?” Especialmente cuando uno no está fino, cuando el día va torcido y cada pase parece una broma. El murmullo no siempre viene de la grada. A veces viene desde dentro. Y ahí la fortaleza mental lo es todo: evadir la duda, recuperar la concentración, no engancharse con los errores. Una y otra vez.
A pesar de ser humanos, los futbolistas intentan esconder su estado de ánimo. No siempre están bien, pero lo disimulan. Nadie pregunta, y por tanto, nadie responde. Es difícil conocer a los compañeros si ni siquiera se conocen a sí mismos. No es fácil mirarse cuando el exterior te golpea y terminas construyendo una versión de ti mismo que encaje mejor con lo que otros esperan de ti.
Con el paso del tiempo, uno hace memoria y se pregunta qué habría pasado si… pero la respuesta nunca llega. Porque los compañeros no siempre recuerdan ni el nombre de aquel chico, ni los goles, ni siquiera la historia. En el fútbol, se olvida cualquier cosa bonita. Y lo que más duele es que, cuando te vas, ni siquiera sabes si te extrañarán en la próxima pretemporada.
¿Quién serías si no tuvieras que demostrar nada?
