No te creas el halago.
Desde hace muchos años no me creo los elogios. Me gustan, claro, pero no me condicionan. No leo los comentarios en mis redes sociales. Aprendí eso cuando subía videos a TikTok y recibía cientos de comentarios —positivos y negativos— en cada publicación.
El riesgo de creerte los halagos es que también te tomas en serio las críticas. Y ahí es donde te pierdes.
Debes aprender a no depender de la aprobación de los demás en cada paso que das.
Cuando empecé en el mundo del fútbol, me gustaba leer las puntuaciones que me ponían los periodistas después de cada partido. Al principio, esas valoraciones me influían: si me ponían un 8, me sentía validado; si me ponían un 6, me cuestionaba. Pero con el tiempo me di cuenta de que lo que yo había sentido en el campo —cómo me había movido, cómo había jugado— no tenía nada que ver con esas notas. Había partidos donde sentía que había jugado mal y me daban un 8. O días en los que creía haber jugado de maravilla y me ponían un 6. Ahí entendí que eran opiniones subjetivas, que quizás ni siquiera analizaban en profundidad a cada jugador, y que esas notas eran un mero trámite, como lo es el horóscopo en el periódico.
No eres el centro del mundo.
Mira, es como esa gente que evita ir a la playa porque no se siente cómoda con su cuerpo. Tengo buenas noticias: la mayoría de las personas no está pendiente de ti. Solo miran a quien les atrae. Si te miran, probablemente es por eso. De lo contrario, te ignorarán.
No creas que eres el centro del mundo. Acéptate. Mejora si quieres. Pero nunca dejes que los demás determinen tu bienestar.
No estás en un concurso de talento, aunque algunos se comporten como si fueran el jurado de un concurso infinito.
Vive para ti, no para gustarle a todos. Porque la mayoría, sinceramente, ni te está mirando.