Ya lo hemos normalizado. En cada partido de fútbol, los recogepelotas actúan según cómo vaya el marcador. Si el equipo local va perdiendo, devuelven los balones como si su vida dependiera de ello. Si va ganando, desaparecen. El balón también.
Y todo esto sería un juego más de picaresca si no fuese por un pequeño gran detalle: los recogepelotas son niños. Niños y adolescentes que reciben órdenes para comportarse de forma totalmente antideportiva. Órdenes que vienen de adultos. Adultos que educan para ganar, no para jugar.
Lo grave no es solo la trampa, sino enseñar a hacerla. Y encima con aplausos.
Esto está tan arraigado en el fútbol que ya ni se cuestiona. Pero choca —y mucho— con los valores que decimos defender en el deporte formativo, y aún más con leyes como la LOPIVI (Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia), que vela por el interés superior del menor.
🎭 El show de los valores fingidos
¿De qué sirve que los futbolistas salten al césped de la mano de niños si, minutos después, están utilizando a otros niños del club para afeár el juego?
El tiempo efectivo de juego está en debate, porque se pierde más del que se juega. Pero que los encargados de manipular ese tiempo sean menores, me parece grave y triste.
🎯 ¿Solución? Imparcialidad y coherencia
La única solución lógica —y me lo comentó un compañero en Twitter— es que los recogepelotas sean trabajadores imparciales de la liga, como lo son los árbitros. Gente formada, sin colores. Es la única forma de preservar la deportividad.
Porque si no, ¿qué hacemos? ¿Decirle a los niños que tienen que ser justos… pero no hoy, que jugamos en casa y vamos ganando?
👦 Una historia personal
Si un día a mi hijo lo llevan como recogepelotas y le dan ese tipo de instrucciones, me daría asco. Literalmente.
Yo también fui recogepelotas en el campo del Espanyol. Jugaba en el infantil. Hasta donde llega mi memoria, nadie me dijo que escondiera un balón. O si me lo dijeron, no lo entendí. O no lo obedecí.
Cada vez que un balón salía, yo lo devolvía. Al que estuviera más cerca. Porque eso era lo que había que hacer.
Y eso es lo que tendría que seguir siendo.
